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jueves, 30 de agosto de 2012

La libertad esposada con la poesía Jotamario


viernes, 24 de agosto de 2012

VARIACIONES 3



Me gusta el olor de la ropa guardada en el baúl que mi abuela Zenit aún mantiene en su cuarto de Altamira. Siempre nos llevaban a esa finca a principios de mi adolescencia y, sobre todo para mi hermano y para mi, era lo máximo: Recuerdo mucho a Román, un hombre recio y sencillo, un maestro del dominó que nos tubo toda la paciencia para enseñarnos a empuñar un machete y un garabato, a montar burro y caballo y a enlazar terneros. Preparaba unos sudados magistrales y le sabia el nombre a todas las plantas y animales que a uno se le ocurriera preguntarle, pero lo mejor era que siempre tenía una anécdota o un chiste para amenizar las andanzas por el monte. 
Me gustan las flores: El jardín interior de las casas de mis abuelas, en Guamal, y el que siempre hubo en la entrada de la casa de Papá Juan y  Mita Carmen, en Murillo, el pueblo de músicos y albañiles donde mamá nació y creció por los años del hippismo y las dictaduras lunáticas latinoamericanas. En Murillo, además, estaba el inmenso patio de la casa de mi tía Anatilde que se prolongaba hasta la orilla del río, colmado de guayabos, nísperos, naranjos, cocoteros, guanábanos y muchos más arboles frutales que, además de brindarnos sus deliciosos manjares, nos servían para jugar al escondido o a la lleva. Me gustan también las innumerables cayenas de todos los colores que uno se encuentra caminando por las calles de Barranquilla, esa desordenada, ardiente y bulliciosa ciudad donde me encontró mi adultez, también las trinitarias perennes que adornan los frentes de las casas de bahareque de los poblados a los lados de la carretera, desde Casa de Tabla hasta las Sabanas de Marañón y los Cañaguates florecidos que tapizan de un amarillo intenso la carretera desde el Paso hasta Arjona. El tramo entre Astrea y Casa de Tabla en muchos tramos es bastante seco y en ocasiones árido, pero también tiene su belleza en esos ocres, cafés y rojos que cuando les llueve se hacen una melcocha espantosa llegando a convertir en toda una proeza ese pequeño viaje. Eso me gusta, sobre todo cuando apenas voy llegando de nuevo a casa, porque cuando salgo del pueblo a la ciudad, ya no me gustan tanto, o me gustan de manera diferente, más bien... Yo camino, muchísimo, por afición, por necesidad a veces, y las más de las veces por no tener más oficio, y es entonces cuando no se bien para donde voy, pero camino como si fuera lo último que tuviera por hacer y he recorrido en esos arrebatos casi todas las ciudades de la costa, menos Valledupar, a donde la vida aún no me ha permitido ir a vivir estando ya un hombrecito. Allí sólo caminé Garupal en mi adolesencia, en los tiempos libres de un inolvidable campeonato de beisbol: Deporte que no he podido volver a practicar después de los 13 años, y di un par de vueltas por Hurtado, una con una compañía inolvidable. hace un par de años: He recorrido casi todo el Valle, a decir verdad,  en moto o en auto, pero no es lo mismo... He andado también más de medio Cali, Pasto y Popayán y es la manera que más me gusta para conocer los lugares que visito, para poder fijarlos en mi memoria, como a Yumbo, a Palmira, Florida, Jamundí y Pradera, ultimamente con Pereira, Cartago y La Virginia y llenarme de la cotidianidad de sus gentes tan diferentes de un lado a otro, como las nubes que puede uno ir viendo por la ventanilla de un avión cuando viene de la costa al interior, o los paisajes que puede uno adivinar en medio de ellas...

En la costa amo los días soleados, sobre todo los días soleados de diciembre cuando se ve la sierra desde mi pueblo: Impetuosa, inmensa, limpia. Bella. O cuando la brisa que viene del mar se hace fresca y arrebatada. Festiva. Me gusta la playa de Riohacha más que cualquier otra: Su arena blanca y brillante, amplia, sus multiples palmeras y sus vallenatos incesantes desde la plaza de Federman. Hasta donde he podido conocer, el mar de Riohacha es el único mar chocolate que existe, jejejejeje Amo caminar el centro de Cartagena sin un rumbo preciso, ir adivinando los nombres de las callejas sinuosas y los edificios de todas las edades, y compararlos con los recuerdos hereditarios que mi papá me transmitió en sus narraciones mientras sacrificabamos pollos en la parcela, en Santa Teresita. Hacer los oficios de casa es mejor hacerlo un domingo en Barranquilla que en cualquier otro lugar del mundo, particularmente en el barrio Las Nieves: Barrer el patio inmenso lleno de ciruelas y hojas de matarratón al compás de una champeta criolla o lavar ropa cantando salsa ochentera y, luego, cocinar con una buena cumbia, una puya, un reggae o un calypso... No me he sentido más a gusto en ningún otro sitio ni por que lleve conmigo todas esas músicas del caribe en el oído y en una USB: Sus sincopas y sus variaciones altisonantes. Prefiero tomar un par de cervezas con mi hermano sentados en un sardinel o en la arena grisácea de El Rodadero o en La Carpa Roja, junto a la universidad del Magdalena, para poder sentirme el dueño del mundo, hablando de todo un poco, sabiendo que no tengo más que lo necesario... Eso, cuándo no lo hacemos a ritmo de pitos y tambores o de Silvestre y Kaleth, en una esquina o calle cualquiera de mi pueblo, Guamal, normalmente con los muchachos de Pochigua. Los seviches que más me gustan son los de Juancho, en la primera con Santa Rita, en Santa Marta y la mejor cazuela de mariscos la probé en la galería de la Alameda, en Cali. Poderosa. El mejor mote de queso era el que me hacia Mosquera en Sincelejo: Me encantaba cunado me llamaba a preguntarme con qué plato preferiría que me recibiera cuando fuera a visitarla y, definitivamente, la suya es la mejor opción que he tenido para sentirme el señor de una casa, la cabeza de un hogar y el compañero de una mujer maravillosa y berraca. Me gusta andar en bicicleta por Tolú, comiendo mango y silvando porros e ir apostando carreras con mis hermanos de la sala a la hamaca colgada en el patio de la casa, como en otros tiempos lo haciamos en bicicleta desde donde mi abuela Zeni a donde mi abuela Juanita. Me gusta oir discutir a mi abuela Zeni con mi abuelo Joaquin, porque salen con unas ocurrencias que me doblan de risa, unos dichos proverbiales o unos sobrenombres que no tienen comparación. En Monteria me gusta ir de taberna en taberna, gorriándome las tandas de las bandas de vientos que pagan los borrachos felices entre las piernas de las mujeres sin dueño y una galillona de ron y contemplar como el Sinú, con sus aguas pardas y serenas confunde la arboleda exuberante del parque de la ronda con la belleza sin par de sus mujeres diligentes y hospitalarias: Sus cabelleras lacias, oscuras y sin fin, sus sonrisas embriagadoras. Su gentileza a flor de piel. Amo sentarme en la puerta de la casa de mi abuela Juanita, de mi tío Robert o mi tío Pom o la de la seño Leo a oir contar chistes pintorescos e historias inverosímiles que se hacen creibles por la pasión y la calidad del detalle con que son narradas matando mosquitos y balanceándose en una mecedora, talvez al compás de una música leve y un par de tragos de ron o aguardiente o, lo mejor, una Aguila bien fria! Un café de Juan Valdez, un buen café, en lo posible de esos recién molidos y decantados con coladera, me gusta tomármelo con Verita, que es como mi hermana aunque la mujer que nos pariera no fuera la misma. El único café en leche que he podido tomarme con total gusto era el que hacia mita Carmen en su fogón parao en Murillo, con molinillo y endulzado con panela, los demás, a regañadientes... Ir a cine con Vera o gastarme la noche y la madrugada disertando sobre cualquier cosa con ella es maravilloso. Me gusta Cali en sus días lluviosos. Caminar sin pensar en el reloj por el centro e ir dando saltos de un charco a un libro o de un café a una salsa que se hace omnipresente en las lineas semperteantes de sus calles amplias y las caderas de sus mujeres sensuales y risueñas. Me gustan muchísimo los paisajes del eje cafetero: Apenas salgo a la avenida 30 de agosto, en Pereira, me encuentro una bella montaña siempre verde y muchas veces nublada. Cuando voy bajando a Cartago o a La Virginia siempre me demoro apreciando las bellezas de esa florida vía que va hacía el Valle del Cauca: Para ir al Valle, precisamente, prefiero ir en moto, porque tengo más oportunidad de sentir el aroma de los cañadulsales y puedo detenerme, si quiero, para dejar que su melaza se impregne en mis poros. El paisaje del Quindío, sus pueblitos detenidos en el tiempo de la colonia antioqueña, sus cafetales y guaduales, sus quebradas de agua helada... es un paisaje privilegiado, sobrecogedor. Precioso. 
Me gusta ir a Bogotá de turista, sin tener que preocuparme por el Transmilenio ni ninguna de sus otras torturas en movilidad y sentirme agotado subiendo y bajando las faldas de la Candelaria o adivinando edificios históricos en el centro es divertido y mágico. De la sábana el pueblo que más he caminado es Mosquera, con un frío embrutecedor por las noches, que no he podido dominar, ni siquiera después de dos años de andar por cachacolandia: Me fue más manejable el frío en Pasto y en Popayán. Medellín, aunque sólo he estado en dos fugaces pasadas, me pareció una ciudad ordenada y pulcra. Envidiable. Ojalá tomemos ejemplo de su organización... Me gusta caminar, viajar y conocer, espero poder seguir teniendo tiempo...



INMOVILIDAD DEL AMANECER


Pliego las puntas del amanecer:
De semáforos sin colores cambiantes
De opacos y fríos caminos asfaltados
De tiempos
-       Orgásmicos sincopados  -
Atemperados por cláxones trasnochados.

Es domingo.

Sacudo otro par de veces las sábanas del alba:
De perdida luz en concretos laberinticos
-       Sin pájaros cantores ni astros fertilizadores –
De monótonas lluvias entumecedoras
-       Refulgiendo reventando relamiendo cristales-

Inicia el día. 

De obligados silencios a dulce bala
De diluidas existencias anquilosadas
De cafres enaltecidos, gonorsofias,
-       Calanchines cadáveres insepultos –
De tristes tristezas circulares.

¿Es domingo?

Lamentos, súplicas, gritos, chirridos… SILENCIO.
Suspicaz cuchillada de la muerte destaza nuestros días
Indiferente, indiferentes… ni tan de frente.

¿Inicia el día?

Infames sucesos se suceden sin espanto, sin llanto.
Descorrido el velo persiste el acecho omnipresente de la nada:
Carcoma niveladora, fétida, vulgar, amenazadora y perversa.

Duermes, aún…

¿Ha rehusado a apartarse de tu frente la frialdad del sueño?
¡No! Sonríes, bostezas, te desperezas, susurras…
¡Rompes, de nuevo, la modorra para dar comienzo a mi domingo!