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jueves, 20 de junio de 2013

EL INDIO SINUANO

Poema de un maestro de la narración oral, de un divertidísimo y entretenido conversador. De una de esas personas que lo que escriben lo escriben con total honestidad, sin rodeos y con un gran orgullo por lo que son. Un poema que plantea una serie de reflexiones en torno al proceso de inculturación que vivieron nuestras comunidades indígenas a manos de los españoles y demás colonizadores y que fue cantado por dos grandes del vallenato entre otros: Alejandro Durán y Alfredo Gutiérrez.

Yo soy indio de los puros del Sinú,
yo soy indio cholo, chato y chiquitín.
Esta tierra, es mi tierra,
y este suelo, es mi suelo.


A mi casa llegó un día un español,
y del oro de mi padre se apropió,
y la tumba de mi abuelo,
como guaca exploró.

Y mi tierra me quitaron de las manos,
despojado quedé yo con mis hermanos,
al abrigo de los vientos,
relegado a los pantanos.

Y mi nombre destruyeron para siempre,
con sus nombres bautizaron a mi gente:
Los Chimá son lo Rodríguez,
Los Arache son lo Sánchez.

Muchas cosas que los blancos creen de ellos,
son producto de la raza’e  mis abuelos,
como el bollo, la hicotea, huevo’e  iguana y el sombrero.












Y mi historia la contaron al revés,
me dejaron pocas cosas que decir.
Y lo único que queda de mi raza,
Lo usaron fue para burlarse de mí.

Indio Cholo, pelo largo,
gran comedor de babilla,
cogedores de cangrejo,
fabricador de esterillas,
con su nariz achatada,
con sus pómulos salidos,
con su porte medio metro
y sus tobillos torcidos.

Oigan, blancos, les advierto, sí señor,
que mi raza volverá a estar como el sol,
a  pintarse los cachete de color,
y a infundirles a ustedes miedo y temblor.

Porque…
Esta tierra es mi tierra,

¡Y este cielo es mi cielo!

(David Sánchez Juliao)

domingo, 9 de junio de 2013

EL MESTER DE JUGLARÍA VALLENATO

Por: Juan Gossain Abdala y Daniel Samper Pizano

Comenzamos por advertir que, a pesar de las pesquisas adelantadas, no hemos podido encontrar un antecedente colombiano que avale nuestra decisión de ingresar a la Academia Colombiana de la Lengua en una ceremonia unitaria, lo que en el lenguaje de la tauromaquia se conoce como una faena al alimón.

Pero, en cambio, en nuestro propósito de justificar esta conducta heterodoxa, no podemos menos que recordar una jurisprudencia oratoria tan ilustre, mucho más que el caso nuestro, naturalmente, como fue aquella conferencia a cuatro manos que Federico García Lorca y Pablo Neruda ofrecieron en la primavera de 1933 en el Pen Club de Buenos Aires sobre Rubén Darío, "padre y maestro", como bien lo invocó Jorge Guillén, relator del episodio.
Tres afinidades entre nosotros dos, académicos en agraz, explican la singular ceremonia a que ahora asistimos. En primer término, el hecho de haber sido elegidos de manera simultánea para esta distinción que nos enorgullece y que sólo se puede entender gracias a la generosidad de aquellos que a partir de hoy empezaremos a llamar "colegas", con cierta timidez virginal. En segundo lugar, nuestra común condición de contemporáneos, congéneres y periodistas, vale decir, pares en los años, el sexo y el oficio. Pero, además, y por encima de todas esas consideraciones preliminares, la amorosa coincidencia de nuestra pasión por la música costeña de acordeón, parte de la cual se conoce hoy llanamente como vallenato.

Los trovadores y juglares que compusieron o interpretaron los merengues, paseos, puyas y sones a lo largo del Caribe colombiano, de pueblo en pueblo, y a lomo de mula, constituyen nuestro propio mester de juglaría, del mismo modo como sus primeros antepasados castellanos nos legaron el venerable acopio del que nacen la poesía y el romance en nuestra lengua. De ellos dijo bellamente Meira del Mar que eran "rapsodas, aedas, trovadores, andariegos de la tierra, portadores en sus alforjas del mensaje del espíritu". 

Lo que nos proponemos demostrar en este acto es que, en el fondo de las tradiciones vallenatas, tan entrañables para el pueblo colombiano, existe una herencia de noble estirpe que viene desde los orígenes de nuestra más auténtica poesía. Siete siglos después de don Gonzalo de Berceo, quien se proclamó "trovador de la Virgen", irrumpen en el norte de Colombia las mismas circunstancias, similar inspiración, el amor invencible por la palabra y hasta idénticas expresiones del pueblo que buscaba su manera de manifestarse. La palabra, otra vez, había roto las barreras de la geografía, de la distancia, del tiempo y del espacio, pero no el cordón umbilical que la une con el idioma.

Son casi tan incontables como admirables los grandes autores españoles que han reconocido la deuda que tiene contraída nuestra literatura con aquellos juglares medievales: Manuel Milá y Fontanals, Marcelino Menéndez y Pelayo, Ramón Menéndez Pidal, Emilio García Gómez, Manuel Alvar y Francisco Rico, entre otros. A su turno, algunos escritores colombianos --García Márquez, el primero de todos-- han intentado hacerle un abono, que después de "Cien años de soledad" ya no se puede llamar precario, a la acreencia que la cultura de este país mantiene con los trovadores populares de nuestro suelo y de nuestro tiempo. No hay duda de que esta reunión que hoy nos congrega es el homenaje que la Academia de la Lengua, con su hospitalidad generosa, rinde a nuestros poetas descalzos. 

En rigor histórico habría que decir, a diferencia del texto bíblico, que en el principio de la creación juglaresca no fue el verbo, sino la música. No en vano García Lorca, ese gran músico y poeta, recordó en su ensayo magistral sobre don Luis de Góngora que en aquellas canciones populares los trovadores recogían "desde las serranas de Ávila hasta la voz de los rufianes en las tabernas y las quejas de las plebeyas burladas por sus amantes". 

Poesía juglaresca y música nacieron, pues, unidas. Las dificultades existente entonces para fijar la música por escrito o en grabación han hecho que muchos historiadores olviden la noción de que esos poemas llevaban un acompañamiento musical. Se trataba más que todo de una monodia interpretada con laúd, cítara, lira o rabel. Quienes no conocen bien el vallenato dicen, precisamente, lo mismo de su música, y llegan al extremo de llamarla monocorde. Está claro que nunca oyeron un paseo de Julio Erazo.

En cambio, el sencillo registro de las letras en cancioneros -como los provenzales y catalanes del siglo 13 y el castellano de Juan Alfonso de Baena en el 15- permitió que los textos se perpetuaran sin dificultad en nuestra tradición literaria. Lo cual, insistimos, no debe hacernos olvidar que esa tradición, tanto en el medioevo español como en los siglos recientes de Colombia, es eminentemente oral y se expresa en las coplas campesinas santandereanas, los joropos casanareños, los cantos de vaquería de Bolívar, los gritos de monte sinuanos, las décimas de tronco y rama que hoy siguen cantando rústicos juglares como María de los Santos Solipá, Cristóbal José Petro o Juan Doria Durango en los caminos del Sinú.

Ante la miopía de la crítica literaria que desconoce el valor de la música, observa el estudioso francés Henri-Irenée Marrou: "Admiro la tranquilidad de conciencia de esos graves eruditos que han consagrado largos años y gruesos volúmenes a la poesía lírica de los trovadores sin otorgar atención a su música". Así lo afirma también Menéndez Pidal en su excelente historia de la poesía juglaresca, cuando dice: "el canto público fue la única literatura que existió en los idiomas románicos, antes de que la masa cerrada de los escritores latinizantes llegase a percibir que la lengua de los cantores profanos o religiosos podía ser un instrumento digno de asuntos literarios más doctos".

El mester de juglaría, entonces, nace cantando; y orando nace el de clerecía. Solo a mediados del siglo 14, según nos advierten Carlos Alvar, José Carlos Mainer y Rosa Navarro, empiezan a apartarse en el castellano la música y la letra, y surgen "las primeras composiciones poéticas destinadas a la lectura y no al canto". A fin de no incurrir en el mismo pecado, hemos procurado que esta noche versos y notas permanezcan vinculados íntimamente. Ello explica la extraña presencia en este paraninfo de acordeones, guacharacas y cajas vallenatas. 

Queremos agradecer de todo corazón la amable comparecencia de los Reyes del Acordeón Gonzalo El Cocha Molina y Alvaro Meza, y de los cantantes Ivo Díaz y Penchi Castro. A Molina lo acompañan en la caja el legendario Pablito López y en la guacharaca Alberto Castilla. A Meza, respectivamente, José Miguel Herrero y Edgar Romero. Si nos permiten la licencia, y dicho con el mayor respeto, ellos son los equivalentes, en su exigente mester, a don Miguel Antonio Caro y don Rufino José Cuervo.

Para que este solemne recinto los conozca, les hemos solicitado que interpreten uno de los más antiguos cantos vallenatos. Se trata de "El amor amor", obra popular y más que centenaria, de autor anónimo y múltiple. Estamos seguros de que el querido maestro José Antonio Rey León habría podido explicar el vetusto origen español de algunas de estas coplas. 

Muy distinta a la vallenata era la música medieval, por supuesto. De las lenguas de España, la más rica en esta tradición, la que produjo una constelación de trovadores y juglares célebres -entre ellos los famosos Giraut de Bornel y Alfonso el Trovador-- fue la catalana, como lo acreditan un corpus importante de 2.500 poemas y varias decenas de partituras primitivas,. Decía don Ramón Vinyes, aquel famoso sabio que contagió de literatura al Grupo de Barraquilla y pasó a la leyenda como personaje de Cien años de soledad: "Cuando los ingleses comían carne cruda, nosotros, en Cataluña, teníamos más de trescientos trovadores". 

Las afirmaciones que hacemos nos imponen la carga de la prueba. Por ello, y apenas como un ejemplo de la melodía que acompañaba a los poemas juglarescos catalanes, hemos traído esta noche una grabación que corresponde a "Can vei la lauzeta mover", compuesta a fines del siglo 12. Es una canción del lemosín Bernart de Ventadorn, que fue maestro de trovadores en España y amante de doña Leonor de Aquitania hasta que se la quitó el rey Enrique II de Inglaterra: eran los tiempos del amor cortés, pero lo cortés no quitaba a nadie lo valiente. Esta canción de Ventadorn inspiró a Dante Aligheri la primera estrofa del Canto Segundo de El Paraíso. Será una audición brevísima para alimentar la curiosidad de la platea. Oigamos, pues, un mínimo fragmento de "Cuando veo la alondra mover las alas de la alegría."

AQUÍ BREVE AUDICION DE "Can veta la lauzeta mover" (Menos de 1 minuto)

Los cantores catalanes fueron la vía a través de la cual llegó a España el más articulado y reconocido mester de juglaría medieval, el provenzal, procedente del sur de Francia . Juglares y juglaresas, trovadores y trovadoras, ministrales y segreres florecieron en Yugoslavia, Alemania (los célebres Minnesängen), Italia ---donde Francisco de Asís se proclamaba "juglar de Dios"-- y aun antes, en el mundo árabe, al cual debe tanto la primera aurora de nuestra poesía. En sus hombros viajaron la crónica de acontecimientos, los mensajes de amor, las historias tiernas y los relatos graciosos.

A propósito de trovadoras, debemos reconocer que en materia de sexo era más abierto a la participación y la competencia de las mujeres la juglaría medieval que sus herederos vallenatos. En aquellos tiempos Leonor de Aquitania, tan célebre y tan bella, no solo era la musa de Bernardt Ventadorn, como queda dicho, sino también compositora, y la condesa de Día, a pesar de estar unida en matrimonio al trovador Guilhem de Peitieu, dedicaba encendidos cantos de amor al juglar Raimbaut d'Aurenga.

La historia reconoce que los provenzales condujeron la juglaría a sus más elevadas cumbres, y desde esas alturas proyectaron su influencia sobre la vecina y a veces inseparable Cataluña, al occidente ibérico -la región galaico portuguesa-y, por último, al centro de la península. Buena parte de la temática de la poesía popular --verbigracia, el amor de Corte y el cantar de gesta--, así como las características de sus expositores, aparecen ya definidas a comienzos del siglo 12. 

Mencionemos algunas. El trovador componía, y el juglar interpretaba, y, por su aporte creativo, el primero se hallaba varios peldaños por encima del segundo, no solo en la rígida escala social de la época, sino en la consideración de su arte. Giraldo Riquier de Narbona es uno de los que insiste ante el rey Alfonso X el Sabio, el de las cántigas o cantigas, para que se prohibiese en la corte denominar juglares a los trovadores. Una característica adicional: algunos trovadores escribían para que sus cantos fuesen interpretados solo por determinados juglares. 

Con el transcurso del tiempo y el suceso de sus composiciones, los trovadores, no esquivos a la gloria, optaron por incorporar ocasionalmente su nombre a los versos de la obra. Igual han hecho los vallenatos, cuando nos cuentan que "yo soy José Antonio Serna", que "Adolfo Pacheco Anillo aquí viene a saludarte", que "Gustavo Gutiérrez canta" o que "este paseo es de Leandro Díaz, pero parece de Emilianito". Con ello buscaban antiguamente sobreaguar en el mar anónimo que consumió a muchos de estos cantos, y en los tiempos actuales la inclusión del autor persigue, además, evitar la burla a sus derechos intelectuales.

Una característica más es que los juglares solían meter mano en los poemas del trovador, hasta el punto de que, al cabo, algunos cantos se hacían casi irreconocibles y corresponde hablar de una autoría final colectiva. Por añadidura, el trovador podía permanecer en su castillo o en su corte, pero era esencial a la naturaleza del juglar el movimiento, la traslación de aldea en aldea, donde cantaba y aprendía. Todo lo anterior se repite en la juglaría vallenata.

Hemos mencionado el verbo aprender, y resulta interesante decir algo más respecto a la manera como poco a poco empiezan a sugir cánones formales en lo que era una manera libérrima y espontánea de cantar. No hay arte que no demande unas leyes, que no desarrolle unas pautas para hacer las cosas más bellas o más difíciles, y al cabo del tiempo también la materia prima de la juglaría desarrolló sus propias normas. Ramón Vidal de Besaduc publicó sus Reglas del trovar, por lo que el Marqués de Santillana tuvo a bien calificarlo de "omne assaz entendido en las artes liberales e grande trobador". Luego las completó el monje negro Jofré de Moxá y en 1423 el castellano Enrique de Villena publicó El arte de trovar, mientras que don Juan de la Enzina nos explicó doctamente "la diferencia que hay entre poeta y trovador". 

También el mester de juglaría vallenata tiene sus normas, y nadie las ha expuesto mejor que Leandro Díaz en su merengue "El bozal", donde explica cómo este ritmo y su métrica rigurosa constituyen el cedazo de los malos trovadores. Ivo Díaz, hijo del gran compositor, nos cuenta las reglas del "bel trovar" según su padre.


Las peculiaridades provenzales se repiten en el mester de juglaría español durante los dos o tres siglos siguientes. Pero lo asombroso, como venimos diciendo, es que volvemos a encontrarlas en América a partir del siglo 16 y se prolongan, ahora con éxito comercial  formidable, en los juglares de nuestra música vallenata. Tanto entonces como ahora, resulta imposible imaginar a los grandes juglares sino en permanente movimiento. Consta que los medievales recorrían grandes tramos de Europa. 

En cuanto a los del litoral colombiano, oigan ustedes lo que contó a un periodista Alejo Durán, el gran cantor de El Paso, que a la sazón pertenecía al departamento del Magdalena y hoy forma parte del Cesar: "Casi siempre andábamos mal andados por los caminos de esa época, que eran muy pesados. Muchas veces ni los burros ni los caballos querían andar. Cuando uno salía en correduría, sabía cuándo se iba pero no cuándo regresaba".

El amor fue tema central de los trovadores y juglares entre los siglos once y catorce, y sigue siéndolo en los cantos que componen e interpretan los del folclor del Valle de Upar, el río Magdalena y las sabanas bolivarenses. Eso así, cada quien lo siente y expresa a su manera. Hace setecientos años, el caballero enamorado prometía seguir a su amada en un brioso corcel hasta el fin del mundo. Ahora, Calixto Ochoa anuncia a su querida Diana que está dispuesto a convertirse en un submarino para buscarla en el mismísimo fondo del mar. Oigamos esta desesperada canción de amor trovadoresca, interpretada por Alvaro Meza y cantada por Penchi Castro:

De modo, pues, que transido de amor y en ambiente de correduría, surge el canto popular castellano, que es como decir la poesía popular castellana, que es como decir la poesía castellana. En otros términos: la literatura española. O, en mejores palabras, nuestra literatura. 

Según algunos autores, El cantar de Mio Cid, poema insignia de las letras hispánicas, nació para ser difundido por la tradición oral de los juglares ante los auditorios rústicos. No es distinto el propósito de "El amor amor", aquel vallenato que hace pocos minutos alegró los adustos bronces de esta ilustre casa. Muchos cantares de gesta y numerosos romances tuvieron igual origen e igual destino. Faltando epopeyas que relatar, la crónica vallenata ha sido mucho más cotidiana y lugareña. 

¿Qué hechos relataban los juglares colombianos en sus corredurías? Pues aquellos que eran fuente de sorpresa, tristeza o alegría en otros rincones de la región. Podía tratarse de la fuga de una muchacha con su novio, de la llegada de un personaje curioso, del fallecimiento de algún amigo o, incluso, de un robo memorable. De ahí que el gran Rafael Escalona haya dicho alguna vez, en precisa definición, que "el vallenato, como el bostezo, se transmitió de boca en boca". En relación con Escalona y robos históricos, es este el tema, justamente, de "La custodia de Badillo", una risueña crónica del gran trovador patillalero (SI ESTÁ EN EL SALON, SALUDARLO). Aquí lo canta Penchi Castro con el acordeón de Alvaro Meza. 
 http://www.youtube.com/watch?v=UQNjn_UbhBc

Cada tiempo determina el alcance y contenido de su propia crónica, desde las llanuras manchegas hasta Badillo. Pero las similitudes no solo residen en la poesía de alcance épico, sino también en las canciones llenas de gracia y de picardía. No podría citarse mejor ejemplo en ese campo que Juan Ruiz, arcipreste de Hita por vocación, y juglar religioso o goliardo por afición. Según palabras de Menéndez Pidal, "escribió muchas cánticas para toda clase de juglares y en especial para escolares que andan nocherniegos". Todas sus obras de juglaría se perdieron, pero nos quedó uno de los mayores tesoros de nuestra literatura: el Libro del Buen Amor. En una de sus páginas se encuentra la descripción de un festín de instrumentos, olores, colores y amores que con pocos cambios podría leerse como la crónica de una parranda en un patio de Valledupar.

No nos extendemos en más detalles sobre la influencia de la juglaría en la temprana literatura española, pero puede decirse que toca desde el mester de clerecía -con su árida métrica de la cuaderna vía y su tonto desdén por los juglares, según lo atestigua El Libro de Alexandre-- hasta las más populares formas de crónica cantada y trashumante, como los famosos cantares de ciego, que aún sobreviven en algunas ferias aldeanas de España. Cómo dejar de observar, a este respecto, que varios de nuestros más notables trovadores y juglares costeños son ciegos, empezando por el inmortal Leandro Díaz y su gemelo Urbano, y prosiguiendo con Alcides Manjarrés y su hermano, grandes copleros e improvisadores; o Lucy González, que pasó a la historia como "la cieguita de Ciénaga de Oro". En la cultura citadina colombiana todavía es típico, a pesar de los Tansmilenios, los colectivos y los ejecutivos, el pobre ciego que canta en el bus.

Como lo era, aunque pleno de vista y a principios del siglo XX, el trovador y juglar bolivarense Jorge Sobrino Caro, a quien el periodista Aníbal Esquivias Vásquez definió como "un cronista musicalizante" que interpretaba con su guitarra "millares de crónicas rimadas de las cosas de Cartagena". O como lo fueron los cultores caribes de la décima, aquella métrica de rancio origen español que encontró espléndidos cultores, algunos de ellos analfabetas, en Toño Fernández, Cico Barón o Julio Gil Beltrán.

A imitación de una gran feria, por el carnaval juglaresco y trovadoresco medieval desfilan toda suerte de cantores: condes enamorados, taberneras de rompe y rasga, frágiles poetas, musas pudorosas, frailes goliardos, humildísimos cazurros, instrumentistas, danzarinas, saltimbanquis, empleados públicos, mendigos genuinos y de los otros y hasta poderosos patriaarcas. Pues, como resumió nuestro señor Don Quijote, "todos los más caballeros eran grandes trovadores". 

Es también abigarrado y rico el mundo del trovador y el juglar vallenato, del cual forman parte por igual el vaquero pero también el dueño de la vaca; el aparcero y el dueño de la tierra; pastores, , canoeros, músicos de casa dudosa, acordeoneros de la legua, galleros nómadas, cantoras, guitarristas trasnochados, grandes señores --como algunos que hoy nos honran con su presencia-- y, desde hace cuatro o seis lustros, estrellas internacionales del paseo y el merengue y hasta tratadistas de esa moderna e intricada ciencia que inventó la inolvidable Consuelo Araújonoguera y que se conoce como vallenatología. 

No pretendemos decir que entre el mester de juglaría español y el colombiano existe un paralelo absoluto. Sería absurdo afirmarlo cuando entre ambos fenómenos se han registrado profundos cambios históricos y una honda revolución tecnológica en los medios de comunicación. Tampoco se nos podría ocurrir la osadía de igualar lo que significó aquel para las letras castellanas, a las que propina el empujón de salida, y lo que representa el vallenato, cuya presencia debe tasarse más bien en sus aportes a los valores folclóricos y en la creación de una poesía a la vez popular y tradicional, empleando los términos que definió Menéndez Pidal en su estudio sobre los romances de América.

Al mismo tiempo, no cabe duda de que la imaginería del canto vallenato ha contribuido a la creación de ese mundo habitado por episodios maravillosos pero reales que García Márquez elevó al mito de Macondo. La deuda de nuestro Premio Nobel con el universo poético, humorístico y fantástico que ya habían empezado a amasar los cantos vallenatos ha sido reconocida de manera pública y vehemente. ¿De dónde, si no de esta fuente, toma García Márquez la arcilla para modelar personajes y episodios que quebrantan risueñamente las leyes naturales y se acogen a todos los anacronismos sin que nadie se mosquee? De allí que el propio autor, en un acto de justicia que honra por igual a él y a nuestros juglares, haya declarado que Cien años de soledad "no es más que un vallenato de 350 páginas".

En su imaginería aparece un gitano que asombra a Macondo con sus imanes. Pero podría haber surgido también, por ejemplo, un mago que lee solícito la palma de las manos a las mujeres y de vez en cuando obra en ellas el prodigio de un descendiente. Tal es la historia picaresca de "El mago del Copey" que contó en un paseo del maestro Luis Enrique Martínez. Lo vamos a oír en la versión de Ivo Díaz y el Cocha Molina

Podríamos seguir enunciando las semejanzas, algunas asombrosas, entre la juglaría medieval hispánica y la vallenata del último siglo y medio. Sería el momento de destacar, por ejemplo, el ambiente de mestizaje que propicia el nacimiento de una y otra. Hace 700 y 800 años España aún conservaba la influencia cultural de sus antecedentes latinos y góticos, y la mezclaba con las fuerzas de dominación procedentes de la otra orilla del Mediterráneo. La costa atlántica, a su turno, se enriquecía con la combinación triétnica representada por el acordeón europeo, la caja africana y la guacharaca indígena.

Habría muchas más características comunes entre los dos mundos que comparamos, como la frecuente tendencia en ambos de encabezar sus poemas con un llamado que indica su vocación de auditorio, al estilo de "Es una historia que, es una historia que les voy a referir porque es sentimental" o "Señores, les vengo les vengo a contar la gente que habita en Tocaimo". También que se dirigiera a una persona específica, como la "bella Odette" entonces o el "compadre Ramón" ahora. Pero la prudencia aconseja que empecemos a recoger velas. Tan solo robaremos un poco más de su paciencia para destacar la reproducción espontánea de los modelos de canto medievales en el repertorio vallenato.

Era común en aquellas calendas que los músicos populares acudieran a festejar las grandes ceremonias sacramentales. Así lo refiere el arciprete de Hita cuando nos informa que "andan de boda en boda clérigos y juglares" y lo confirma Menéndez Pidal cuando escribe que "la asistencia del juglar a las bodas era casi tan indispensable como la del cura" y que "también los bautizos traían derroche de juglares". Debe de ser más que una casualidad la significación que estos mismos actos tiene en la juglaría vallenata, hasta el punto de que sobre el tema de los bautizos se han escrito varias canciones. Una de las más bellas es "El bautizo", son del gran trovador sanjacintero Adolfo Pacheco. Su interpretación corre por cuenta del Rey Cocha Molina, Ivo Díaz y sus compañeros.
http://www.youtube.com/watch?v=HWktFrsQmyc

La muerte no podía ser ajena a los temas de inspiración de los trovadores. Ya vimos que el coro centenario de "El amor amor" propaga el refrescante mensaje de que "cuando estoy en la parranda no me acuerdo de la muerte". Sin embargo, una vez que la muerte llega con sus golpes definitivos, el poeta del siglo XV -digan ustedes don Jorge Manrique-y el del siglo XX ---por ejemplo, Juan Manuel Polo Cervantes-son capaces de convertir su corazón en elegía. No podría denominarse de otra manera el son que compuso inclinado ante el dolor que le produce la muerte de su Alicia adorada el mencionado Polo Cervantes, más conocido como Juancho Polo Valencia.

Los tratadistas del mester de juglaría catalán denominan "sirventés d'atac" al canto que dispara dicterios contra un individuo, y las historiadoras Eli Bofia y Mariona Diumenjó advierten que con frecuencia el zaherido por un "sirventés d' atac respondía con una diatriba personal de las mismas características de estrofa, rima y melodía". A este duelo que entonces se llamó "joc partit", la tradición vallenata lo denomina "piqueria". Pero es igual. Quizás cuando el gran Emiliano Zuleta compuso "La gota fría" ignoraba que estaba escribiendo un servintesio -tal es su nombre castellano- de raigambre casi milenaria.

A modo de despedida suya, "La gota fría" -ese servintesio que dio lugar a un legendario "joc partit"-- será interpretado por los dos conjuntos que generosamente han querido acompañarnos esta noche y a los que reiteramos nuestros sinceros agradecimientos. 


Señor director de la Academia Colombiana de la Lengua, estimados colegas de la entidad, queridos amigos aquí presentes: guardamos la ilusión de creer que, entre las razones que tuvo la Academia para elegirnos como miembros correspondientes, figura el interés de dar otras dos sillas al periodismo colombiano, más que a un par de reporteros en particular. En tal carácter recibimos este honor, a sabiendas de que los medios masivos de comunicación, para bien o para mal, ejercen una intensa pedagogía del idioma entre las gentes.

Ayudar a que esa influencia se manifieste en forma positiva es el ministerio que nos corresponde ahora, en nuestra doble condición de periodistas y académicos. Seguiremos, pues, defendiendo la lengua común y velando armas al pie de un gerundio. Es lo mismo que hemos hecho toda la vida, a conciencia plena de que no somos más que juglares sin música. Es decir, cronistas.

Muchas gracias.

EDUARDO LOPEZ JARAMILLO: UN POETA DE PEREIRA PARA EL MUNDO.

¿Cuándo podemos hablar del surgimiento de  un verdadero poeta, en una ciudad promedio como Pereira? ¿Una ciudad que como capital apenas si se estrena con 46 años de vida departamental, separada del llamado gran Caldas o viejo Caldas? La hegemonía cultural de  entonces, dictada por Manizales, propuso un modelo estético conocido en algunos círculos como grecoquimbayismo, una corriente poética de provincia, que al  igual de los piedracielistas capitalinos, mezclaban retoricas heredadas de la tradición romana y clásica con elementos autóctonos y costumbristas de Colombia. En este sentido, Eduardo López Jaramillo entrara en la escena poética colombiana  y sobre todo  en la  pereirana, con un rompimiento de moldes  que lo inscriben como uno de los más grandes poetas regionales y por qué no nacionales de los últimos 50 años en el país.

Eduardo López Jaramillo nació en Pereira el 10 de agosto de 1947. 20 años antes que el departamento de Risaralda se proclamara independiente y empezara  figurar en el mapa como unidad administrativa separada del antiguo departamento de Caldas. Estudio  filosofía y letras en Lovaina Bélgica  lo que le permitió el contacto con otras lenguas y que propiciaría en él una voluntad de traductor impecable de poesía contemporánea europea. En estados unidos,  fue alumno de Octavio Paz, premio nobel de literatura en 1990, siendo este su profesor en la universidad de Pittsburg. Entre sus obras literarias, trasegadas por géneros tan variopintos como el ensayo Introducción a Sade;  en Poesia  Logicas y otros poemas 1979 Hay en tus ojos realidad 1987El ojo y la clepsidra 1995;   las traducciones. Poemas de amor del antiguo Egipto (traducciones de Ezra Pound, prólogo y notas) 1990, poemas canónicos de Constantin  Kavafis (traducción prólogo y notas), 1985. Y en narrativa, destacándose como cuentista en los Papeles de Dédalo 1983; y en la novela con Memorias de la Casa de Sade 2002. Encontramos un intelectual de alcances nunca antes vistos en una ciudad como Pereira.

En esta oportunidad, nos detendremos solamente, en aras de la brevedad, en contados poemas de  su libro, Hay en tus ojos realidad, y en algunos otros poemas por considerar este género, el de importancia capital dentro de toda su producción literaria.

Valga hacer una breve alusión mnemotécnica, y ver como fue el contexto de Eduardo lopez, cuando empezó a escribir sus primeros versos y dar de que hablar en la ciudad. Por ese entonces, la ruana, era de algún modo, el derrotero poético y máximo valor literario de una ciudad que la adopto como himno popular del alma pereirana. Poema de acerbo costumbrista, convertido en canción popular, fue por excelencia la huella digital de Pereira en el panorama cultural colombiano. Luis Carlos Gonzales, un hombre de arraigo, sin formación intelectual pero de indudable talento, se había quedado (y aun lo sigue teniendo) con el primer puesto de poeta en una ciudad que iba en crecimiento y que se posicionaba como la más importante de la región. Luis Carlos López, fue en sumo el poeta más importante de una Pereira tradicional y cafetera, viva e independiente.

Siempre han existido poetas en nuestro medio.  Algunos de ellos fueron hombres de cultura superior.  Sin embargo, el laurel de la poesía estará siempre presidido por Luis Carlos González.  Es el poeta de todos y su obra está amorosamente unida a la historia de Pereira.  En alas de la canción, sus poemas han traspasado las fronteras, haciendo resonar el nombre de nuestro solar en incontables latitudes.  En la poesía del Maestro está viva la historia de una aldea que se convirtió en ciudad y que interpretó sus bambucos henchidos de amor y de paisajes, compuestos con discreta ironía, como preguntando en voz baja quién escribe los versos. Si algo despertó la admiración de sus contemporáneos fue su facilidad para entonar, siempre inspiradamente, la música de las palabras.  Pereira tendrá en adelante otros poetas -más profundos, de más rica espiritualidad-, pero ninguno como Luis Carlos González volverá a ser reverenciado en calidad de genio del lugar.  No es poca la gloria para un escritor cuando pensamos que la inmortalidad consiste en no ser olvidados por quienes nos aman.

Estas palabras de Mauricio Ramírez, poeta, y compilador pereirano, ponen relieve la importancia capital del poeta de la ruana para el sino poético de nuestra ciudad.

Rememoremos algunos versos de este poeta, que aunque no es nuestro invitado a la mesa,  no podremos cenar sin su beneplácito.
Que quien escribe los versos,
Preguntas chquilla inquieta?
Es mentira que se escriban
Y mentiras los poetas.
Los dicta el alma. Y entonces,
Como las palomas, vuelan,
Rayando luz de recuerdos
En largas noches de ausencia

(Fragmento de Fabula)

Luis Carlos, fue entonces el poeta amoroso de rimas claras, sin elucubraciones filosóficas, imágenes sin ningún misterio por desentrañar pero que en la voz popular, causaban conmoción y evocación en quienes las leían.
Así que mientras Luis Carlos era loado y  leído por la gente de Pereira, Eduardo apenas niño, apenas joven, hacia su bachillerato en el instituto Caldas de Pereira  y sacaba libros que su padre pagaba con anticipación de la histórica librería Quimbaya,  donde leyó como condenado a muerte y encontró su vocación literaria.

Ya en su periodo de producción, Eduardo, venido de Europa,  ensaya a ensayarse poeta en una ciudad que poco o nada entendía de lo que acontecía en el mundo literario de afuera.(aun no lo entiende)   Y mientras el amor, la aldea, el café, y el hacha, se pierden en la ruana Luiscarlista, que hace Eduardo hablando de belleza, cual, a que se refiere…


Antes (y en vivir) Después la nada
Grafia lunar: innumerables
Torres conicas huecas al centro
Albergan los hombres

(Fragmento de Comenzar defiendo la belleza)

La belleza no era un tema recurrente en la poesía local de antes, por lo menos la conciencia de su existencia, solo un hombre con preocupaciones estéticas, (entendida esta no solo como lo plástico y ateniente al arte, sino como aliento filosófico del espíritu) Podia poner de relieve, el bello misterio de lo desconocido.

Eduardo es entonces un intelectual, que asume el oficio de escribir como una profesión, un habitus cotidiano, no es un hobby, ni un asunto palaciego, ni sus poemas son de ocasión patriotera para cantar al estro colombiano, Eduardo Lopez Jaramillo  inaugura en Pereira inevitablemente las vanguardias,  llega a una ciudad aislada del mundo a mostrarlo abierto en su pluma, a decir, esto es poesía, también, esto es expresión.

En Hay en tus ojos realidad, Eduardo canta a temas como la palabra  y el amor fundamentalmente. Vuelve al amor, después de trasegar por una poética arcana, mediada por el filtro del intelectualismo culterano, propio del conceptismo de Gongora o Quevedo, un conceptismo a la moderna, pero conceptismo al fin y al cabo.  Vuelve al amor, con un sutil toque de erotismo velado, no por su moralidad, sino porque a Eduardo le interesa  que todo quede sugerido, que nada sea dicho definitivamente para siempre, mal del que sufría la poesía clásica; el amor en Eduardo López, es fantasmagórico, es etéreo…

Te añoro
Como si hubieras muerto
Y sin embargo
Se que vives y me amas
Que en tu distancia
Anhelas mis palabras
Y que tu cuerpo aun siente
El fuego de mis poemas
Y mis besos

(Fragmento de Bachiana No. 5 Aria)

Y desde esta hermosa descripción, de un pasado creador,  la pregunta intensa y dramática, hace alarde en la mitad de un poema amoroso.

¿Acaso
Fuimos sueño
Ceniza, soledad?


Eduardo, deja fluir la mano al escribir, crea y cree, es poeta en todo el sentido amplio de la palabra El poeta que rompe moldes, después de haberlos conocido muy bien, amante de la música clásica y la noche, su musicalidad inmanente,  y su viaje a otros terrenos de la palabra,  aquella que solo vela sentidos, que es una concha nacarada de un fondo vertiginoso.

     Habla, que las palabras son imagen del silencio
Cada palabra lleva el lastre de lo incofesable
                                                        Cada palabra es lecho humedecido
    Por la copula o el sueño. Toda palabra es fabula.

En Eduardo lopez, se puede dividir la historia de la literatura regional en dos. Nacido al inicio de la segunda mitad del siglo
XX, hijo verdadero de Pereira la ya capital,  su poesía, normal para nosotros hoy, exótica, extraña para un ayer permeado por una tradición costumbrista y rimada, este humanista,  es de lejos, el más grande poeta que haya pisado estas tierras con un legado de importancia en las letras.


Las nuevas generaciones  de poetas pereiranos, que hoy deambulan por las calles, que ganan premios locales y nacionales, que asisten a eventos masivos de poesía, que anidan en bares y callejuelas nocturnas recitando el mundo a tragos de tequila, beben sin quererlo, en una tradición que parte de él, y llega a él.
¿Pero por qué digo que parte de él? Porque indudablemente, y aun la demora en reconocerlo, es un argumento más sólido, Luis Carlos Gonzales,  no fue más que un consolidador de un statu quo poético, v
Vox populi, de troveros y bambuqueros, buen poeta, pero al fin y al cabo poeta menor.  Llega a él, hoy más que nunca a diez años de su muerte,  la voz del primer poeta del yo, decimonónico renovado, mientras todo en la poesía era un canto a lo externo y diáfano de un paisaje que se cantaba a sí mismo.
La poesía de Eduardo López, es una pregunta profunda, en medio de una sociedad que cree resolver todo con la tradición comercial y su vocación de café. Una tradición poética que bella sí, pero poco dudosa sobre lo establecido.

Noche perfecta
Sin luna y sin metáforas
Entre el bambú
Solo los ojos del búho
Sobre las brasas, cenizas
Que se evaden, que se van
¿Contare con un más allá
De este ahora?
¿Me apasionare con la muerte del ciervo
En las altas montañas rumorosas de cascos?



MIGUEL ANGEL RUBIO OSPINA
PEREIRA.

Un café con Lascarro: Miguel Ángel Rubio

La literatura si tiene que servir para algo será para hacer amigos y para mantenerlos. Muy pocas veces, propicia el vicio literario, el encuentro de almas que comparten una pasión común, las letras, la poesía, el relato, la conversa suave, desprevenida, cordial.

En mi caso, la literatura siempre ha sido un ámbito privado que apenas si empieza a asomarse entre los rescoldos de una tímida crítica literaria y una que otra escaramuza de análisis de autores y textos.
Pereira es una ciudad hermética en este sentido. Encontrar una charla amena en torno a un café o en una tarde lluviosa es lo más difícil del mundo. Hablar de literatura en Pereira, es solo un momento que consiste en una conferencia de un gran autor, o en foros en la Universidad, o en festivales donde “voces autorizadas”, deambulan por auditorios vendiéndonos sus verdades librescas. O bien, puede ser el ejercicio más tortuoso del mundo, sentarse a tomar un café, con alguien que ha perdido su capacidad para conversar y solo es un citador automático de libros, autores, ideas ajenas y muy poca reflexión propia. Ese café puede volverse un amargo momento de cita academicista y literatura de cartilla. Así que uno decide voltear la esquina y guardar silencio. Ya vendrá el momento de charlar de literatura. Por ahora solo queda seguir en el oficio de lector, en el quehacer de la escritura, y en la vana cosa llamada vida.

No es el caso de Luis Carlos Ramírez Lascarro. Poeta y cuentista colombiano de residencia esporádica en Pereira, cuya capacidad para conversar hacen de una charla sobre literatura un vallenato digno de Escalona o Leandro Díaz. Su obra poética, apenas empieza a conocerse en la ciudad y se proyecta ser en pocos años como una de las más voces sólidas del país. En Luis Carlos es fácil reconocer el personaje desparpajado, que va lanzando las cosas con la naturalidad del caso “entre el Pibe Valderrama y Barrabas Gómez hay mucha diferencia” me lanza perlas de ese tipo, sorprendentes y traídas de un humor muy fino, pensado, pero rápido, al hablar de la sutil línea que separa la estupidez del talento.

Lascarro, como suele llamársele, nació en Guamal, Departamento del Magdalena en 1984. Se dedica a un oficio profesional que poco o nada tiene que ver con la poesía. O sí. En este cuento cualquier analogía es posible, Técnico en electrónica y estudiante de ingeniera en telecomunicaciones, la poesía en él es su vocación y su manera de hacerse vulnerable en un mundo que siempre nos vigila en casi todo. Vulnerabilidad, en tanto humanidad, desnudez ante el otro, es el poeta del canto a mí mismo withmaniano, sin aspiración diferente a contar, a contarse, un capturador de narrativas al vuelo. Lascarro es uno de esos talentos costeños que de cuando en cuando se encuentra uno en tertulias, que caminan por la ciudad, inadvertidos, silenciosos, esperando algún cachaco incauto a quien atrapar con un relato.

Ando inmerso en la lectura de su poesía, su primer texto el Guamalero Memorias de un Robavion, del que pronto escribiré una reseña, y que de seguro leeré mientras evoco como Aureliano uno de tantos, ese vallenato de 350 páginas, dinastías y juglares, mitos y leyendas en las que los hombres desafían a la muerte con acordeón en mano.

Les prometo un poeta de abarcas y mochila, un poeta en bolas, de una honestidad brutal y una fácil capacidad de palabra.

Miguel Ángel Rubio
Escritor, Actor y productor de teatro, Gestor cultural.