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sábado, 31 de agosto de 2013

El canto de las serpientes



Comienzo a enamorarme de los harapos del cielo
que nos aúllan azules, podridos desde el hueso de las nubes.
Y de esas muertas que brillan en vano,
también de las lluvias ácidas que tanto se parecen a nosotros.
De ese asfalto que se desmenuza en desesperanzas interiores
y de los metros y los taxis y los reactores que saturan el espacio,
donde el ozono agujereado es un expreso hacia la muerte.
Comienza a gustarme la decadencia de nuestra suntuosa inutilidad
y todas las recetas que entregan al alma una falsa cirugía plástica.
Comienza a gustarme lo que no sirve estrictamente para nada
sino para pagar impuestos a las estrellas del momento.
¡Pero cómo nos gusta ofrendar a dioses estúpidos
el candor de nuestros tormentos!
Como el de ese hermoso país de la flor de lis adúltera
y cómo todo el mundo desea amar entonces amémonos.
En una letanía idiota hagamos saludos a nuestros fracasos,
aplaudamos la bravura de una noche alrededor de baboseadas.
¿No decimos que somos descubridores de castores, osos y tribus?
¿O no somos cosmonautas de un planeta incomprendido?
Comienza a gustarme ese final que se burla de nosotros,
Lo más rápido que llegue, mejor será.
Sé que a veces el amor es un tarro de basura
y que las sonrisas de los cosméticos están repletas  de ácidos concentrados.
Vayan pues a escribir a vuestro espejo los besos de lápiz labial,
vayan a vuestras casas a educar a los futuros monstruos
del próximo milenio, para una ficción de cartón.

Comienza a gustarme el no tener nada más que hacer,
duerman gente de bien porque en estos tiempos
se prepara todo un espectáculo
y las poesías sonoras de los agu – agu antológicos
y los afrodisiacos anales de los miembros ejecutivos,
como comienza a gustarme todo el resto contaminado.
Lo que ya escribí.
El apocalipsis hace Tap-Dance sobre el planeta
¿Is it Tango or Rock n’ roll or Heavy metal?
o el descuento de las uniones.
AM FM de una oreja a otra no es más que un problema de cerumen.
Pero siempre me gustaron los ojos instantáneos,
las caricias miopes y las pieles safari de las noches,
sobre todo aquellas de lecturas que parecen tan sofisticadas.
¡Ah! sin duda comienza  a gustarme el imposible,
lo que sucede después de las rebajas en los saunas,
lo de los baños de los bares con sus historias de ferias públicas.
Pero quizá apenas comienza a gustarme
el lirismo de un payaso gótico.
No tengo nada que perder después de la del país.
Verdaderamente no me arrepiento sino de uno o dos amores,
o quizá tampoco,
o quizá comenzamos a amar. Quizás.
No tengo fronteras ni tabú natural
y todo cuerpo capaz de provocar erección al papa bienvenido sea.
En realidad no tengo más que la palabra como una herida abierta.
Me gusta el sonido del hielo de la noche en el cristal de un vaso,
el fulgor ahogado de una estrella polar al fondo de un pozo llamado luz.
Podemos amar el ser bávaro del otro.

Tengo la lengua afilada lista a escalpar cerebros,
tengo el ojo de lince apto a ubicar perdidos de sentimiento,
tengo la boca desdentada del lobo hambriento pero aún eficaz,
tengo los brazos descarnados por culpa de lazos programados.
Comienza a gustarme tener que decir de nuevo las cosas olvidadas
y parece que ahora son proscritas,
porque sepa usted que hay ideas fétidas como las iglesias,
clases de cadáveres en gestación que aún se permiten flagelar.
Escucho el morado ronquido de una garganta apenas muerta,
inmediatamente agarro el alma con una cuerda y la suelto
sobre la pista de baile de un campus universitario,
los profesores desgarrados por sus tontas preguntas
y sin el menos gesto con sólo un simple fruncir de acento circunflejo.
La circuncisión de la nariz del lector de buenos libros en pijama.
Todos tenemos muchos demonios que quemar,
tomémonos todo el tiempo, eso hace durar el infierno.
Empiezan a gustarme las ficciones de fantasmas,
de lentejuelas con palabras travestidas y orgullosas de serlo.
Empieza a gustarme el viento en las ventanas térmicas,
los movimientos de las polvaredas de nieve que recuerdan poemas
y cómo olvidar tus labios vivaces de besos,
sobre todo cuando golpeaban a mi puerta, tal un viento indecente.
Por todo eso y por muchas otras cosas un poeta
llegó a serlo y les dice a otros que ama.
En aquel tiempo el poeta, más decadente que lo permitido,

aprendía a silbar el canto de las serpientes.

Jean Paul Dauost
Quebec, Canada.

viernes, 30 de agosto de 2013

EL DÍA QUE APRENDIMOS A GANAR


Me da tristeza, sí, me da tristeza de uno… ahora me da tristeza y me da rabia para mí mismo, conmigo mismo, porque yo fui que tuve toa la culpa de todo lo que me sucedió…  Lo vi pasarse la mano izquierda por la cara, nuevamente para defenderse, pero no de un Jab sino de sus lágrimas. No pestañó, casi no puedo ver como se le aguaban los ojos sin dejar de mirarme, de sacar repetidamente la lengua, como mojándose los labios resecos, como un tic incontrolable. Sólo en ese momento se quebró durante toda la conversación, sólo en ese momento se sintió vulnerable, también, sólo allí no me vio como un extraño o como un chiquitín a quien lo que más hay que enseñarle es a mantenerse como el roble: firme. Sólo fue un par de segundos y de nuevo se volvió a encerrar en su inescrutabilidad de pantera negra, en su orgullo de campeón mundial. En su ira y su indiferencia.

Mi hermana, Julia, me dice que a veces llego a la casa borracho y me pongo a pelear con la ropa que está colgada en el patio… Me mira, suspira. Recuerdo las tantas veces que ha salido en las noticias, andrajoso, furioso, insultante. Loco. Papá siempre cambiaba de acera cuando lo veía venir y, desde que tengo uso de razón no lo había saludado, como lo hacen todos: Champion… Campeón… temía que le diera uno de esos arrebatos al lado de nosotros. Prefería verlo en la casa de Torices, relajado, calmo, donde lo había conocido hace muchos años.

Un púgil categoría welter puede golpear con una fuerza de 248 kilopondios: suficiente para lograr que el cerebro de su oponente se mueva dentro de su cabeza como el interior de una caja de chicles sacudida con violencia, al golpearlo. Eso debió joderlo o la droga, o las dos cosas juntas, me decía mi papá cuando yo le preguntaba por él al verlo en las calles como un pordiosero. No. Eso no tiene nada que ver con el boxeo, ni con el bazuco y el ron, me dice su hermana una tarde que llego a buscarlo: el bazuco y el ron disque le agravan esa vaina, han dicho los doctores, pero que el problema de él es hereditario. Mamá Ceferina ha sufrido crisis de nervios, lo mismo que Idelfonso y Pablo, hermanos de nosotros.

Cuando llegó yo estaba dándole matracazos a la pera loca, sudando como un burro: Entró como en medio de una calle de honor, con caminaito de ya tu sabes, como bailando, bacanamente, con el tumbao que tienen los guapos al caminar, el tronco erguido, los hombros en posición de combate, andando en las puntillas de los pies: sólo le faltaba hacer la V de la victoria o levantar el pulgar como lo hace cuando lo reconocen en las calles, en sus periodos de calma y bacanería. De caballerosidad. Entró como desfilando. ¡Cómo no!, me decía yo, siendo el más extraordinario boxeador de las 140 libras, por los siglos de los siglos, amén, yo también entraría desfilando así no tuviera un puto peso en el bolsillo. Me saluda y me pasa la mano sobre la cabeza, me agacho, dando media vuelta y me suelta un gancho cariñoso, sonriendo. Sigue cada cual en su cuento. El suyo es llenarse de nuestra energía y de vez en cuando darnos algunos consejos frente al saco, la pera o al compañero con el cual practicamos. Boxear la vida.

La primera vez que pude verlo bien de cerquita, sin que papá tratara de alejarme fue la vez que estaba que le zampaba la mano a Alberto Salcedo: Ese día peleaban en la plaza de toros Martín Valdez y el Chicanero Mendoza. No sé qué le haya dicho Alberto, pero estaba que se lo comía vivo: ¿tú te imaginas esos dos puños temibles bailándote frente a la cara, concentrando toda la fuerza de que son capaces contra ti, sincronizando ese cuerpo sólido a pesar de los estragos de los golpes de la vida? Te imaginas el puñetazo y deseas que algo falle en la secuencia de movimientos que terminan en los nudillos: tal vez los pies que están empotrados al piso o las largas piernas de gacela, queriendo que la energía se salga de camino antes de llegar a la cintura y la cadera que se empieza a girar decididamente, para que no se puedan alinear correctamente el hombro con el brazo, antebrazo, muñeca y puño. Cierras los ojos pintándote el borde impactante de los nudillos en el tabique o la barbilla y zúas, a la mierda o a la lona, que es lo mismo. Pero no, apercollaron a Pambelé y lograron salvarle la vida a Alberto.

Él nunca se había puesto a hablarme de sus vainas, de nada que no tuviera que ver con sus hazañas en el cuadrilátero, por eso me sorprendió escucharlo decirme esas cosas al acercárseme a la banca donde descansaba después de una cesión de pesas. Yo gané mucho dinero, empezó a decirme, mucho dinero. Gracias a mis trompadas y mis vueltas, Palenque tuvo electricidá, acueducto, y una carretera… Seguía siendo un tipo magro, pero ya no tan sólido, ya no era esa mole prácticamente infranqueable que le bajó los sumos al general Torrijos y, con él, a Panamá entera. Pambe… le dije. Me volteó a mirar y me sostuvo la mirada sin decirme nada, se me vinieron a la mente tantas preguntas que siempre quise hacerle, pero se me atoraron en la garganta mientras me descalzaba los zapatos. Volvió de nuevo la vista hacia el centro del gimnasio.
-       ¿Cómo te sientes, Champion? Le preguntó el joven Kid Picaflor, como todos le decían por su gran éxito con las muchachitas de los barrios Daniel Lemaitre y Marbella.
-       Bien, pica… la verdá, no sé… más bien mal…
Volví a pensar, nuevamente, en lo que la gente recuerda ahora de él: la mayoría de los muchachos de mi edad deben creer que él es un adicto revoltoso, busca pleitos mal hablado y patán, seguro que no saben, como tampoco muchos de los que aprendieron a madrugar con él, que tiene Parkinson y es Bipolar y por eso es que se comporta así, pasando de la euforia a la depresión con tanta facilidad. Tampoco saben que usa pañales. Sólo se burlan. Ninguno se pone a pensar en todas las lesiones que trompada, tras trompada se van teniendo en el cerebro: Pum, un golpe en la boca. Pum, en la nariz dolorida. Pum, en el mentón. El boxeo es un deporte de sanguinarios: ni los contrincantes, ni los espectadores están bien hasta no ver sangre y, ahí sí, entonces, chorreando sangre, ¡estalla la euforia!

Recuerdo la primera vez que me dijo algo, me puso el codo izquierdo en la espalda y con la mano derecha me echó a atrás la cabeza: Erguido, me dijo. Me separó más los pies, dándoles pataditas con los suyos: Compás perfecto, me dijo.
La mano izquierda adelantada, mantén con ella la distancia. Y la derecha, como un fierro, firme, como un tiro, lista pa reventar… Él sabía pegar incluso retrocediendo, cosa que no cualquiera hace, sólo pocos y en esas me puso: Me llevaba a las cuerdas, lentamente, se movía más rápido que mis nervios, que aún no lograban reponerse del asombro de verlo frente a mi indicándome algunos movimientos: Pégame, me decía, tira… no retrocedas sólo cubriéndote… pero se dio cuenta que no daba pie con bolas y se bajó del cuadrilátero.

Él no siempre estaba en los entrenamientos, sólo daba una vuelta cuando venía a visitar a su familia, de resto, permanecía en Turbaco, que es donde vive ahora, después de que volvió a quedar en la pobreza. Un día llegó y estábamos Simancas – ¡el Chaparrito, la esperanza de Champetesburgo!, como le dice Eugenio Baena - y yo dándonos unos trapasos: casi junto a él entró La Yelo, mi novia. Me distraje y Simancas aprovechó pa venírseme encima: Alcancé a ver su sombra deforme abalanzándoseme rápidamente, la mancha negra que tenía que ser su guante derecho y, casi enseguida, el guarapazo en mi pómulo izquierdo: ¡Buen cruzado, Chapa!, gritó Pambe. Eso te pasa a ti por güevón, me dijo acercándoseme en la lona. Párate, pendejo. Mientras él le seguía el paso a  Gillespie, tarareando Manteca, yo iba recuperando las formas y los colores y Chaparrito pasaba, por obra y gracia de mi encoñamiento, en un abrir y cerrar de ojos, de sus habituales 108 libras a mucho más de 180: como si me hubiera dado de frente con un muro de concreto. Parame bolas, me dijo: Yo gané aquella pelea porque cumplí al pié de la letra la planificación de 'Tabaquito' y porque pegaba duro… Yelo me preguntó que si quería seguir y, sin pensarlo dos veces, dije: Si. ¿Cómo va uno a tirar la toalla con la novia presente? Empecé a tirar unos golpes sin rumbo, que se perdían en el vacío, más por mi atortole que por las fintas de Chaparrito. Estaba contento. Yo pensaba en el momento en que pararan el entrenamiento o que ese marica me terminara de joder, pero nada, se dedicaba a mamarme gallo dando saltitos y meneándose como Happy Lora. Sonaron la campana. ¿Quién carajos sería? Sea quien sea me provocó darle un pico enseguida. Me limpiaron la cortadita del pómulo derecho y, con ese ardor, empecé a hacerme consciente de que era a mí al que tenían casi noquiao: los momentos posteriores a un golpe de esos uno no sabe si al que le dieron fue a uno o a otro. Uno como que se desdobla: sólo se está dejando llevar por la naturaleza de las cosas, la inercia de los movimientos y la sensación de dolor que se abre a partir del punto de impacto, pero allí es casi nula, como si el mismo mamonaso lo dejara anestesiado. Ándate tranquilo: El mejor golpe no es el más fuerte, sino el más oportuno, calcula el momento preciso y palante, sino nunca vas a tener carro de bomberos, ni reinas de belleza, ni bailes con presidentes y políticos… ¡Cuidao vas a hacer como El Flecha cuando lo llevaron a pelear a Montería, cuidao vas a sacar el culo y te vas a ir corriendo pal carajo! Apenas terminamos Chapa y yo seguimos charlando y así siempre en el cuadrilátero hasta que se me vino a sentar al lado.

A uno como negro no le queda más alternativa, Pica… eso de pasármela toda la vida lustrando zapatos y vendiendo Kent, Lucky y Marlboro en el Centenario a mí no me gustaba… como tampoco me gustaba el colegio. Tocaba rebuscarse, coger la medallita de la milagrosa en los bolsillos y hacerle, pero nada… ¿me entiendes?
Yo que lo tuve todo y que lo perdí todo no sé cómo, en este país, uno, de carpintero, celador, latonero, jardinero, albañil, librero, arreador de agua, barrendero, embolador, instalador de tv cable, vendedor de cigarrillos, mototaxista, carretillero, compositor, carga bultos, vendedor puerta a puerta, portero de cabaret, disc jockey, cabrón de puta vieja, pescador, ayudante de bus, fabricador de jaulas y trampas para cazar ratones, asesor de call center, vendedor de helados, bibliotecario, chacero, panadero, escritor, chancero, administrador de un remate, carnicero, mandadero, revoleador, vendedor de dulces en los buses, jornalero, serenatero, bombero, fotógrafo de fechas especiales, enfermero, consolador de veteranas, locutor, sacristán, soldador, voceador de periódicos, vendedor de tinto y otras aromáticas, cuenta chistes, llantero, cultivador de papa y demás plantas licitas, mecánico, lechero o empalmador, puede vivir. No lo entiendo sabes. Lo que gana uno en esos oficios, no da ni pa mamarle gallo a la tripa. Ni mierda, cuadro.

Nada cansa más a un boxeador que los golpes perdidos en el vacío y de eso sí que había sabido Pambe, desde el principio. En diferentes momentos de su vida había tenido que mandar golpes desesperados que se perdían en una nada incomodísima: unas veces por inexperiencia, por carencia de técnica otras por no saber qué hacer, por miedo. Por ese atortole que le produce a uno ser el centro del universo y no haber recibido clases para serlo, si me entiendes, es una vaina como cuando a uno le dice que sí la peladita que le gusta en el colegio y, después, no sabe ni qué hacer con ella, ni siquiera como cogerle la mano. Pero antes de uno llegar ahí tiene que remar contra la corriente, que pararse firme en la raya y demostrar que uno tiene las pelotas bien puestas y que puede. Peppermint no ganaba el combate como mucha gente dice. La pelea estaba prendida, fogosa. Era bueno y pegaba fuerte, pero yo le saqué provecho al trabajo que había hecho en su cuerpo. Lo fui demoliendo. Estaba hasta las tetas el Gimnasio Nuevo Panamá esa noche: veintiocho de octubre. Sábado. Nadie lo podía creer. Al día siguiente, El Espectador, orgulloso, resumía así los 75 segundos que duró el último asalto de esa pelea: Cervantes tira izquierda a la cara. Fuerte respuesta de Frazer. Frazer cayó para conteo de ocho. Vuelve a caer por segunda vez. El retador conecta con derecha e izquierda a la cara y Frazer cae por tercera vez. El árbitro declaró a Cervantes como campeón. ¡Qué vaina tan aburrida! En El Heraldo sacaron lo que narró Edgar Perea y, hasta escrito se ve mejor: Atención Colombia, una derecha por Pambelé, se va a la lona Pepermint… ¡Colombia, Campeón Mundial! ¡Pambelé Campeón del Mundo! Qué diferencia con la narración que él mismo me hiciera una vez viéndome entrenar, mamando gallo, echando vainas porque yo tendría que callarle la boca a la gente que nos mira maluco por ser negros. Él se inventaba una pelea mía contra el hambre. Decía: Vemos allá a la hambruna en su esquina, con bata de tela francesa sacada de las cortinas del jockey club, zapaticos tenis importados, sin aranceles, pantalonetica con la bandera de los estados unidos, guantes de cuero de cabritilla europea. Es masajeada y asistida por el señor presidente de la república y su gabinete de calanchines. Lista la hambruna en su esquina: TLC. Y en la otra esquina, fanáticos del boxeo, Kid Pambelé, con tenis palenqueros de cuero de abarca, pantalonetas de lona de hamaca morroana y un guante de cátcher, vuelto mierda, en cada mano. Lo masajea y lo asiste la jodidez de este hijueputa mundo. Listos los boxeadores en el centro del rin. Se abrazan la hambruna y Pambelé. El referee, este hijueputa sistema de vainas, se aleja y hace la seña. Los boxeadores se cuadran en el centro del rin y empiezan…

-       Los dictadores también tienen derecho a llorar, Pambe, le dije, a la baja nota… Me miró raro. Es que fueron dieciocho defensas, Pambe, dos reinados largos…
-       Sí (sonrió), el torpe vende cigarrillos se convirtió en una máquina de tirar trompadas casi invencible. Se jodieron conmigo.
-       Es que contigo aprendimos a ganar…
-       Pero no el veintiocho de octubre del setenta y dos. Fue el primero de marzo del setenta y tres.
-       En la segunda pelea con Nicolino, el intocable.

-       Aja. Ahí si confiaron en mí. Ese fue el día que aprendimos a ganar.

LATINOAMÉRICA


Soy, soy lo que dejaron.
Soy toda la sobra de lo que se robaron,
un pueblo escondido en la cima.
Mi piel es de cuero, por eso aguanta cualquier clima. 


Soy una fábrica de humo, 
mano de obra campesina para tu consumo.
Frente de frío en el medio del verano, 
el amor en los tiempos del cólera, mi hermano. 


El sol que nace y el día que muere, 
con los mejores atardeceres. 
Soy el desarrollo en carne viva, 
un discurso político sin saliva. 


Las caras más bonitas que he conocido, 
soy la fotografía de un desaparecido. 
Soy la sangre dentro de tus venas, 
soy un pedazo de tierra que vale la pena. 


Una canasta con frijoles , 
soy Maradona contra Inglaterra anotándote dos goles. 
Soy lo que sostiene mi bandera, 
la espina dorsal del planeta es mi cordillera. 

Soy lo que me enseño mi padre, 
el que no quiere a su patria no quiere a su madre. 
Soy América latina, 
un pueblo sin piernas pero que camina. 

Tú no puedes comprar al viento. 
Tú no puedes comprar al sol. 
Tú no puedes comprar la lluvia. 
Tú no puedes comprar el calor. 
Tú no puedes comprar las nubes. 
Tú no puedes comprar los colores. 
Tú no puedes comprar mi alegría. 
Tú no puedes comprar mis dolores. 



Tengo los lagos, tengo los ríos. 
Tengo mis dientes pa` cuando me sonrío. 
La nieve que maquilla mis montañas. 
Tengo el sol que me seca y la lluvia que me baña. 

Un desierto embriagado con peyote, 
un trago de fulque para cantar con los coyotes. 
Todo lo que necesito. 
Tengo mis pulmones respirando azul clarito. 


La altura que sofoca. 
Soy las muelas de mi boca mascando coca. 
El otoño con sus hojas desmalladas. 
Los versos escritos bajo la noche estrellada. 


Una viña repleta de uvas. 
Un cañaveral bajo el sol en cuba. 
Soy el mar Caribe que vigila las casitas, 
Haciendo rituales de agua bendita. 


El viento que peina mi cabello. 
Soy todos los santos que cuelgan de mi cuello. 
El jugo de mi lucha no es artificial, 
porque el abono de mi tierra es natural. 

Você não pode comprar o vento 
Você não pode comprar o sol 
Você não pode comprar chuva 
Você não pode comprar o calor 
Você não pode comprar as nuvens 
Você não pode comprar as cores 
Você não pode comprar minha felicidade 
Você não pode comprar minha tristeza 

¡Vamos dibujando el camino!
¡Vamos caminando!


domingo, 25 de agosto de 2013

ANTEPASADOS



Mis antepasados inventaron la Vía Láctea,
dieron a esa intemperie el nombre de la necesidad,
al hambre le llamaron muralla del hambre,
a la pobreza le pusieron el nombre de todo lo que no es extraño a la pobreza.
Poco es lo que puede hacer un hombre con el pensamiento del hambre,
apenas dibujar un pez en el polvo de los caminos,
apenas atravesar el mar en una cruz de palo.
Mis antepasados cruzaron el mar sobre una cruz de palo,
pero no pidieron audiencia,
así que vagaron por los legajos
como los erizos y los lagartos vagan por los senderos de las aldeas.
Y llegaron a los arenales,
en los arenales la tierra es brillante como escamas de pez,
la vida en los arenales sólo tiene largos días de lluvia y luego largos días de viento.
Poco es lo que puede hacer un hombre que solo ha tenido en la vida estas cosas,
apenas quedarse dormido recostado en el pensamiento del hambre
mientras oye la conversación de los gorriones en el granero,
apenas sembrar leña de flor en la sábana de los huertos,
andar descalzo sobre la tierra brillante
y no enterrar en ella a sus hijos.
Mis antepasados inventaron la Vía Láctea,
dieron a esa intemperie el nombre de la necesidad,
atravesaron el mar sobre una cruz de palo.
Entonces pusieron nombre al hambre para que el amo del hambre
se llamara dueño de la casa del hambre
y vagaron por los caminos
como los erizos y los lagartos vagan por los senderos de las aldeas.
Poco es lo que puede hacer un hombre con las migas de la piedad,
comer pan mojado los días de lluvia a los que luego seguirán largos días de viento
y hablar de la necesidad,
hablar de la necesidad como se habla en las aldeas
de todas las cosas pequeñas que se pueden envolver con cuidado en un pañuelo.
Juan Carlos Mestre
de Antífona de otoño en el valle del Bierzo. (Rialp, 1986)

jueves, 22 de agosto de 2013

EL PUEBLO DE MI AMADA

Aquí el agua todavía es un problema.
La energía se va cada vez que bosteza un trueno
Y la ceniza negra de los cañaduzales encendidos
Ensucia la ropa blanca tendida en las cuerdas de los patios.
Todavía se ven algunas zanjas putrefactas en las calles
Y varias casas tienen letrina.
El costoso pavimento y los andenes elegantes de ciertos barrios
Son las huellas pasajeras que dejó el capricho y la arrogancia.
La gente aprendió a odiarse por defender ideas absurdas
Que los convirtieron en esclavos de alto precio sin darse cuenta
Y a diario se enfrentan con sus “contrarios”
Porque no han querido entender a quiénes beneficia tanto veneno.
Se alaba a quienes ya no se merecen ni siquiera una maldición
Pues a todos los engañaron convenciéndolos de las bondades del odio.
Los padres mandan a sus hijos menores de edad a comprar licor y cigarrillos
Y todavía castigan a muchos de ellos con gruesos cables de planchas y estufas.
Los líderes comunales tienen precio y también son crueles y ambiciosos.
Y nadie denuncia en dónde venden la droga que está acabando con la juventud.
Todos hablan mentiras
Pero declaran mentiroso y loco a quien dice y demuestra la verdad.
Y ya mucha gente no se ríe con sus vecinos ni con sus familiares
Porque los pusieron a pelear entre ellos mismos
Al ponerles dinero en el anzuelo de sus pobrezas.
Porque en este pueblo el futuro es feliz y seguro
Sólo para quienes se lo roban todo y lo manipulan todo.
(Pero ella, mi amada, la que tanto quiero, vive aquí)

Poema del libro Tramos de Alfaguara, 
del poeta Villarricense Fernando Maclanil

miércoles, 7 de agosto de 2013

AGUACERO

Estábamos en el borde de la barranca, a sólo unos metros del puerto de la boya, viendo el arrebol de la mañana resbalarse sobre el río de nuestras mañanas, tardes y noches, alistando el anzuelo y la atarraya, sintiendo ceder bajo nuestros pesos el agua y el barro podrido por la inundación. Era una mañana límpida, radiante, cálida: Perfecta para la faena que planeábamos tener. Diciembre parecía ya haberse posicionado en nuestras existencias de manera definitiva; sin embargo, nos seguía rondando, abalanzándosenos a veces desde la proa, a veces desde la popa de la canoa, la certeza de un diluvio temporal, que acabara de sacar de madre al río y nos obligara a mudar de nuevo al pueblo, antes de que se lo acabe de tragar o a mudarnos dejándolo a su suerte. Del otro lado, con una urgencia inusitada empezaron a tocar a rebato las campanas de la iglesia de Chilloa: Quizá el río haya horadado el dique que trata de impedirle su paso a través de la isla que lo divide en dos. Ya no sé hace cuantos meses esperamos que deje de llover y que el río deje de crecer y tragarse todo lo que se encuentra a su paso: Estamos casi aislados del resto del mundo a no ser por los celulares que, si acaso, serán la única cosa que nos podrá ayudar a gritar auxilio cuando no haya manera humana de atajar la muerte que arrastra entre sus aguas el río que nos ha dado la vida y ahora nos la quita a pedazos.


Aún algunas velas permanecen encendidas de la víspera de la inmaculada y ya los niños se organizan en sus filas, al compás de la seño Tere, para tomar su primera comunión en la iglesia: Nadie piensa en este momento en un posible aguacero: Borrachos amanecidos entonando vallenatos destemplados, pidiendo más ñeque, abuelitas diligentes acicalando a sus pequeños, afanosamente, antes de partir a la iglesia, el señor cura párroco viendo de reojo en el espejo heredado del cura guerrillero el retrato de sus papacitos, enfermos en ciudad de México, otros pescadores obnubilados por la subienda: Un viento pegajoso, en medio del calor de cataclismo que se nos abalanza desde la proa de la canoa, se nos enreda entre los dedos, parsimonioso, anestesiante, embrutecedor, galopante, entre las hojas abatidas y las piernas temblorosas, entre nubes pardas y crispadas, entre truenos rugientes, entre aguas de voces ásperas... Contario a lo que todos profetizan el aguacero se nos viene encima como un caimán hambriento, como un torbellino que golpea la canoa y la sacude con una fuerza brutal: No nos pertenece esta agua que nos arrebata la tranquilidad, no pregunta por nosotros, ni si es bien recibida o no, ni si nos hace daño o nos atemoriza: No le importa nada. No quiere saber nada de nosotros, porque nosotros somos los intrusos, los usurpadores de sus territorios ancestrales. De estas tierras de los manatíes y las babillas, de los sábalos y las tarullas. De la Luz de Sabayo, la Madremonte y la Mojana… No nos dice nada, tampoco le interesa decírnoslo, sólo continuar su tránsito hacia el mar de sus amores, en eterno retorno nteresa decirnoslo, sólo continuar su tránsito hacia el mar de sus amores, en eterno retorno...nteresa decírnoslo, solo continuar su tránsito, hacia el mar de sus amores, en eterno retorno...nteresa decirnoslo, sólo continuar su tránsito hacia el mar de sus amores, en eterno retorno...

A lo lejos, el sol y el agua contra el pecho de un nadador que, por imprecisable vez emerge nuevamente, arrastrando entre dientes a los ahogados de otros pueblos - los que se dejan llevar por el río, como por un sueño -, atados a una manila hedionda; el remoto canto de un pájaro tras el color del naciente sobre los arboles: Los músculos agotados, las voluntades vencidas, las esperanzas sulfatadas. Una cachimba medio encendida en su boca desdentada e inexpresiva, su humareda circular y perfumada. Vence de nuevo al río en su fluir devorador inmarcesible.
Bracea asediado por el sereno que se vislumbra ya en goterones cada vez más seguidos y robustos. El aguacero se desmadra sin darnos tiempo a recoger los aparejos ni a asegurar las carnadas. La jornada termina apenas empezada y se aplaza sabrá Dios por cuanto tiempo en medio de este invierno que vuelve a empezar. Lloverá quién sabe hasta cuándo, nuevamente.

Todos, estábamos a la espera... 


PENELOPE

Dime la fábula de tu voz oculta
La fábula que tejes y destejes
Dormida apenas por la voz del habla
Blanca Penélope

Giovanni Quessep

Penélope teje recuerdos. Nudo a nudo ata la oscura guerra de su soledad mientras canta 
canciones antiguas al son del agua que baña su piel y piensa en el marino ausente.
¿En qué cielo, de cuál isla, en qué ola, volverá en pájaro un día, el hombre, el padre, el hermano?

Penélope teje la palabra viento que trae sales del aire, aroma de islas desconocidas,
ordena los muebles, cocina, rutiniza la melancolía, ama a solas.

Penélope es una mujer más, una esposa más, un sexo demás, ... anhelo... ¿nido?

No existe más que en la tela que teje y desteje, hilos de un mar que lleva por nombre Ulises.



Miguelángel Rubio Ospina: http://poesiasincoordenada.blogspot.com/

GINECOLOGIA DEL POETA

El poeta nace de una palabra lanzada al aire
De la confluencia de los ríos del corazón y el crepúsculo 
Su concepción es de espaldas al mundo 
En el centro mismo de un himno de viento marino.
Un poeta nace, cuando un idiota muere
Pero no ocupa el espacio de este, crea uno nuevo
Con su palabra vagabunda, con esa idolatría al melodrama
Viaja con un cigarrillo por las estepas
Y en un whisky en las rocas vuelve a todos los lugares comunes del verso

Un poeta nace en Kuala Lumpur o en mi ciudad
Andan por ahí, hablando con las nubes mientras estas miran
Las piernas de una prostituta y algo un poco más arriba

Solo el amor lo redime y lo condena
Por él, un poeta mata, roba, asesina la mano que le tiende un mendrugo de pan
Y crea barcos invisibles
Los capitanea

Solo el amor lo salva y lo acecha
Y no le canta al amor, pues todo poema es un cero al cociente
Ecuación insoluble
Este solo existe cuando ya ha muerto
Y siempre como todo difunto, “tan bueno que era”

Un poeta nace
Y todo el mundo sigue girando en su mismo eje
En trescientos sesentaycincodias, un año
Nada cambia
Pero

Un poeta nace.

ARTURO WIGOYA