Se ha producido un error en este gadget.

viernes, 2 de enero de 2015

El Gran Putas

Volver a la tierra no siempre es un ejercicio reconfortante, no siempre te permite recargar baterías ni porque se tenga la receta que le formuló el doctor Zapata Olivella a Sánchez Juliao para que lo dejaran romper la dieta sin joderle la vida, argumentando que la falta de todos esos platillos con los que a uno lo crían el organismo lo transforma en una vaina de orden mental que se llama: Nostalgia.
Más o menos así fue la receta para 5 días: 20 Kola Roman, 6 Sancochos de Bocachico, 3 Motes de queso, 5 Higadetes, 3 Minguí, 2 Bagres fritos, 15 Casabes, 1 Calabazo de suero, 7 Avenas caraqueñas, 12 Carimañolas, 2 kilos de Queso, 6 Petos y…  “ya verás que se te pasa esa vaina”.
Lastimosamente, en ese volver, las baterías se le terminan de descargar a uno al evidenciar que casi todo sigue igual, cuando no peor de cómo lo dejó hace varios años  y que lo que creyó ser, en parte, ficción, de lo que el doctor Zapata transponía en muchos de sus relatos y novelas, tenidos como testimoniales de manera casi peyorativa, sigue siendo la más viva realidad. Todo sigue inmutable, sigue siendo la cotidianidad de su negramenta: la invisibilización y segregación social, la estigmatización de sus costumbres, los constantes desplazamientos, la falta de oportunidades de acceso a verdadero bienestar, no los pañitos de agua tibia con los que los gobiernos distraen a muchos, la falta, en suma, de verdadera calidad de vida y de disfrutar de su identidad. Ese dolor, en Colombia, lo sufre la inmensa mayoría y la minoría a la que se le ha encargado el país sólo procura perpetuarlo, así quieran vendernos la idea de lo contrario con sus medios de comunicación serviles y amañados.
Manuel Zapata Olivella, Loriquero de nacimiento, al igual que Sánchez Juliao, quién esparció sus cenizas en el río Sinú, cumplió el pasado miércoles 19 de noviembre diez años de fallecido, dejándonos con sus más de 50 libros, sus centenares de artículos, múltiples ensayos y documentos, un legado que, hasta el momento (cosa que no es rara), no ha sido valorado en su total dimensión en este país del sagrado corazón.
Fue vagabundo, trotamundos, médico, antropólogo, folclorólogo y  escritor de ensayos, cuentos,  novelas y textos periodísticos casi imposibles de reseñar en su totalidad. Puedo dar razón de pocos de sus libros, pero en mi opinión son suficientes para evidenciar sus calidades como investigador y como escritor, que conjugan su conciencia de raza y de la  multiculturalidad de nuestro país, tratando desde un enfoque primordialmente afro los tormentos sociales, la fe, la religión, la música y desentendiéndose un poco, si se quiere, concentrado en los reales problemas, de cuestiones de estilo literario, que termina siendo el meollo del asunto para muchos sin nada que decir.
La primera obra de Zapata de la que tuve razón fue Chambacú (1963), premio Casa de Las Américas en el 62, en los tiempos del colegio, pero no fue sino la quinta o sexta que leí: En ese libro están ya todas sus preocupaciones y se da uno cuenta que los desplazamientos que han sufrido los negros de Cartagena van más allá de la diáspora afro, que está toda en Changó (1983), su máxima obra literaria, y se han perpetuado en su traslado de la isla de desperdicios que tanto avergonzaba a la encopetada aristocracia cartagenera a los barrios alrededor del cerro de la Popa y la ciénaga de la Virgen y han continuado en los barrios de viviendas de interés (o desinterés) social, que más parecen de desencarte social y presidencial, donde han terminado arrinconados, en las goteras de la ciudad, en ghettos de paredes musicales y lingüísticas más resistentes que cualquier corral de piedra, barrera de mangles y cortina de miserias que se les pudiera poner.
Desde Tierra mojada (1947), la segunda de sus novelas que leí y la primera en cronología, la obra de Zapata Olivella tiene un perfil bien definido: estar al servicio de las causas de la libertad y el progreso de los pueblos, para no terminar siendo un mero divertimento, una evasión o un pasatiempo sin connotaciones sociales. En esta primera novela el maestro nos lleva por una realidad que hoy día, más de medio siglo después, es más vigente que nunca: El despojo violento de las tierras a los campesinos por parte de los que dominan el poder por medios armados, frecuentemente legitimados por normas regionales o nacionales como en el caso de las antiguas Convivir o sostenidas con una complicidad de cuando en cuando velada y frecuentemente descarada como las que campan en este país con espíritu de finca mal parcelada. Esa fue su opción, su decisión: denunciar. Se mantuvo, sin embargo, al margen de la literatura entendida como comprometida pues sus textos no terminan siendo, en ningún momento, folletín. Un servil panfleto que cacarea ideologías infecundas no fue su estilo. Fue libertario.
En él, el pensamiento se tornaba acción y para ello Delia, su hermana, esa gran bailarina, su gran compinche, terminó siendo quien materializaba sus ideas, quien dibujaba sus palabras, dando a luz frutos difíciles de ponderar en el resurgimiento cultural colombiano con sus investigaciones de 1950 a 1975, poniendo al país frente a un espejo que a pesar de experimentarlo cotidianamente, no lo consideraba como propio. Fueron los primeros en llevar nuestro folclor al mundo entero, tejiendo con tambores y caderas un descubrimiento a la inversa, otra colonización.
Desde su juventud Manuel Zapata Olivella fue un aventurero, un constante trashumante y así lo manifestó en varias de sus obras: Pasión vagabunda (1948) y He visto la noche(1952) son las que más claro lo dejan de las que le he leído. China 6 a.m. (1954) un particular relato de viaje no puede entrar en esta categoría de aventura del todo ya que está dado desde la experiencia como invitado a la Primera Conferencia de Paz de los Pueblos de Asia y África. En los primeros libros nos deja ver sus impresiones y peripecias al salir de Bogotá por el Tolima y el Eje cafetero hasta llegar a Cali y luego, pasando antes por el Chocó, desde Cartagena, atravesando toda Centroamérica para, finalmente entrar a E.E.U.U. luego de pasar los diferentes nidos de cuervos de los tiranos de turno. Viaje éste en el que tuvo que rebuscársela de formas inverosímiles siendo, desde el noqueado Kid Chambacú hasta modelo de Diego Rivera. En el último nombrado sus impresiones son más optimistas y sus descripciones llenas de una vitalidad distinta, bondadosa, si se puede decir, con grandes expectativas frente a los recientes cambios (en ese momento) en la China.
Los último dos libros de los que puedo dar razón de la extensa obra del maestro Manuel, así sea de manera muy somera, son La calle 10 (1960) y Detrás del rostro (1963) premio Esso en el mismo 63, en los cuales el espacio geográfico y existencial es el mismo: el centro de la Bogotá que le tocó vivir y toda la fauna pluriversa que lo habita. En estos, como en todos los otros libros que he nombrado el doctor Zapata está él como una conciencia intemporal que acusa a los opresores inclementes, como un verdadero apóstol, como un palabrero, como un chamán, un brujo de la palabra que culpa el sistema inhumano y criminal, vergonzoso, que victimiza a la gran mayoría bajo un manto de normalidad y legalidad aprobado y aceptado por casi todos.
Las cadenas son para los africanos el símbolo de la libertad, nos recuerda el maestro Zapata en Changó, el gran putas, la primera de sus obras que leí y la que más me desbordó. Novela monumental, epopeya de las negritudes, obra de gran esfuerzo vital y escritural en la cual se condensa en 600 páginas la experiencia de sufrimiento y explotación, la lucha por la reivindicación, la libertad y la conservación de la cultura y la vida  de los negros arrancados de su África ancestral, en un recorrido enajenante desde el siglo XVI hasta el XX.
Manuel Zapata Olivella, con su palabra tantas veces hecha poesía, sobre todo en Changó, permitió no sólo a los negros expresarse y hablar, ni fue sólo el retrato de injusticia e inequidad de un rincón del mundo lo que trazó. Nos permitió expresarnos a todos los hijos del nuevo mundo, mestizos, indígenas y afros y se hizo universal, ecuménico en su palabra, escrita o hablada. Abrió caminos. No fue el primero en poner los temas de carácter negro en primera fila de las letras colombianas e hispanoamericanas, ni ha sido el último en destacarse, pero si el que más ha contribuido a sacar del anonimato las vivencias de esta raza tantas veces maltratada: antes de él estuvieron Candelario Obeso, el pionero, y Jorge Artel; luego han venido Helcías Martán, Arnoldo Palacios, Oscar Collazos y Alfredo Vanín, entre otros, todos herederos y continuadores de su gran esfuerzo por nombrar lo propio y defender su valía por encima de lo que la oficialidad entronice y, además, permitiéndonos hacer la revisión frecuentemente poco jubilosa de que, en esencia, todo sigue igual y, por consiguiente, volver a la tierrita no siempre es grato. ¡Ay, cólico incurable!
¡Mi Dios lo tenga en su santa gloria, maestro, y sus Orishas también!  

No hay comentarios:

Publicar un comentario